Avión con destino a New York


Como todos los primeros miércoles de cada mes, Jacobo entraba en la cafetería, se acercaba a la barra y pedía un café. Siempre pasaba igual, el camarero se acercaba a él, le daba las buenas tardes y le dejaba al lado de su café un libro de crucigramas. Más tarde, sacaba de un viejo estuche que siempre llevaba consigo un bolígrafo azul con la tapa mordida. Minutos después, llegaba Juan. Un joven boliviano de 23 años a quien le fascinaban los idiomas y había viajado a Berna para estudiar alemán y francés. Ese mismo día, el joven traía una carpeta que dejó sobre una mesa apartada. Después de saludar a Jacobo, ambos se sentaron en la mesa.

-¿Qué me traes hoy? – Dijo Juan mientras abría la carpeta.
- Cada vez me cuesta más recordar… Creo que ese taxi  paró justo en la puerta del aeropuerto, yo salí lo más rápido que pude y me dirigí hacia la puerta de embarque después de haber pasado el control de seguridad. Una vez en el aire pasamos una zona de turbulencias, su voz  sonó de pronto:

        -  Señores pasajeros, vamos a atravesar una zona de turbulencias. Por lo que les rogamos se abrochen  los cinturones de seguridad y permanezcan sentados hasta nuevo aviso. Gracias.

En ese preciso momento escuché la voz de un niño que pedía ayuda desde el aseo del avión.  Me desabroche el cinturón de seguridad y a punto estuvo de caer sobre mi cabeza decenas de maletas que fueron colocadas arriba.  Justo cuando llegué a la puerta de aquel angosto habitáculo se descolgaron todas las mascarillas de oxígeno. Poco a poco notaba como el aire me iba faltando y me percaté que la voz del niño  que gritaba había cesado.  De un golpe derribé la puerta y cogí al niño en brazos, lo acerqué a una de las mascarillas y volvió a abrir los ojos. Al cabo de los segundos la situación se estabilizó y desde la cabina salió ella.

- ¿Quién era ella?- Preguntó de nuevo Juan muy interesado.

- Sé que era una mujer preciosa. No me acuerdo de su rostro, ni siquiera de su color de su pelo ni de sus ojos. Si hay algo que recuerdo, es su olor, no podría olvidarlo nunca. Cada vez que pienso en ella y en ese aroma me viene a la mente Marta. Marta era la hija de unos amigos españoles, le encantaba las flores y en su habitación siempre tenía rosas frescas.
Poco a poco se fue acercando a mi asiento. Siempre me ha gustado viajar en ventanilla pero ese día me tocó el asiento número trece, en el pasillo. He escuchado muchas veces que el trece es un número maldito, pero en mi caso es un número mágico. Cuando llegó a mi lado solo pude levantarme. Me dijo que agradecía mucho lo que había hecho. Ella era la piloto del avión con destino a  Nueva York. 

       –Por cierto, me llamo Martina. - concluyó. Antes de decirme su nombre me dijo una serie de observaciones que nunca escuché.

- ¿Para qué ibas a Nueva York?- Preguntó Juan con curiosidad.

-Claudia era esa niña de mis ojos. Desde bien pequeña ha sido una niña ejemplar y tengo que reconocer que le he consentido todo lo que ha querido.  Conocí a su familia en unos de mis viajes a Almería. Siempre he sentido un gran cariño por mis amigos españoles, y los padres de Clau, que es como yo la llamo, no serían menos. Fueron muchas noches tomando sangría con pera y plátano en aquella maravillosa playa.
Ese año Claudia se había mudado a Nueva York y quería darle una sorpresa por su veinte aniversario.

- ¿Qué pasó con Martina?- Seguía preguntando Juan entusiasmado.

-Ella siempre fue una mujer aventurera. Pasamos una noche verdaderamente excitante. Se que cenamos y fuimos a su apartamento, allí nos entregamos el uno al otro. Prometió venir aquí, a Suiza, pero nunca más supe de ella.

Juan cerró de golpe su carpeta. Allí había archivado miles de fotos y de diálogos con  Jacobo. De repente una lágrima brotó de uno de sus ojos. Se podía observar que tenía esa sensación de haber conseguido encontrar algo que llevaba buscando mucho tiempo.

- ¿Qué te pasa muchacho?- Preguntó Jacobo.

Juan se levantó de su silla y abrazó a su abuelo. Un abuelo que debido al deterioro causado por su enfermedad, nunca pudo reconocer a su nieto.


Funciones de Propp empleadas:

  • Alejamiento. Uno de los miembros de la familia se aleja.
  • Prohibición. Recae una prohibición sobre el héroe.
  • Transgresión. La prohibición es transgredida.
  • Conocimiento. El antagonista entra en contacto con el héroe.
  • Aceptación. El héroe decide partir.
  • Partida. El héroe se marcha.
  • Viaje. El héroe es conducido a otro reino, donde se halla el objeto de su búsqueda.
  • Marca. El héroe queda marcado.
  • Regreso. El héroe vuelve a casa.
  • Reconocimiento. El héroe es reconocido.


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